Este artículo forma parte de una serie que apoya el proyecto Patrimonio y Artesanías: OAXACA, un proyecto comunitario que tiene como objetivo profundizar las conexiones entre los emprendedores de artesanías del patrimonio cultural en México y los mercados para sus productos.
En el corazón de México, late una tradición que fusiona el movimiento y la melodía en una expresión única de identidad cultural: la Danza de la Pluma, una tradición vibrante y centenaria de los Valles Centrales de Oaxaca. Para comprender la Danza de la Pluma en su totalidad, debemos remontarnos a sus raíces prehispánicas.
Antes de la llegada de los españoles, la danza y la música eran elementos fundamentales en la vida espiritual de los pueblos mesoamericanos. Aunque no tenemos registros escritos de la música de esa época, los instrumentos que han sobrevivido y las tradiciones que se han transmitido nos dan pistas sobre cómo sonaba.
En la Ciudad de Monte Alban, importante sitio arqueológico de Oaxaca, los arqueólogos han encontrado representaciones de bailarines y varios instrumentos tallados en losas de piedra. Se pueden ver imágenes del caracol marina (atecocoli en el idioma de Nahuatl), el raspador de hueso (tzicahuaztli), tambores (huehuetl) y silbatos (tlapitzalli). artefactos, junto con otros como el teponaztli (tambor horizontal de madera), la ocarina y la sonaja (ayacachtli), forman parte del rico acervo musical precolombino de la región.
El único tzicahuaztli u otro tambor huehuetl descubierto en un sitio ceremonial zapoteca puede ambientar la escena. Imaginen el comienzo de una canción con el áspero traqueteo de un chicahuaztli (un otro tipo de la sonaja), resonando como las primeras gotas de lluvia sobre tierra seca. Visualicen a un grupo de danzantes con elaborados tocados de plumas de quetzal y túnicas de algodón bordadas, como las talladas en una estela local, saltando y girando. Entonces surge el ritmo de madera del teponaztli, o quizás el sonido melancólico de la caracola. Puede que no tengamos grabaciones, pero el inicio de la Danza de la Pluma no se ha perdido del todo.
El encuentro de dos mundos
Con la llegada de los españoles en el siglo XVI, se produjo un choque cultural que transformaría para siempre las tradiciones Indígenas. Los frailes dominicos, observando las expresiones de música y danza durante las festividades prehispánicas, vieron en ellas una oportunidad para la evangelización. Hacia 1700, crearon el Códice Gracida Dominicano, un manuscrito histórico que narra la conquista española del Imperio azteca. Este texto trata sobre la danza ancestral del pueblo mexica, pero fue escrito por colonos desde una perspectiva colonial y misionera.
A diferencia de otros códices ya consolidados, como el Códice Florentino y el Códice Mendoza, el Códice Gracida dominicano incluye instrucciones sobre danza y música, y parece ser un esfuerzo dominicano local por reinterpretar las tradiciones Indígenas. Donde antes los danzantes representaban seres espirituales, el códice los sitúa en el papel de guerreros, y figuras como Hernán Cortés desempeñan un rol central. Esta reinterpretación pudo haber sido un método para convertir la danza indígena en una herramienta de instrucción religiosa.
Aunque es un invaluable testimonio de cómo los españoles intentaron utilizar las tradiciones indígenas con fines evangelizadores, el códice también desempeña un parte importante en la tradición moderna. Funciona como un guion para los maestros de la Danza de la Pluma, detallando decoraciones, la duración de la danza, las intervenciones del coro y sugerencias para los efectos sonoros. En su texto se mencionan varios elementos importantes, como tocados de plumas de quetzal, túnicas de algodón bordadas con símbolos sagrados y sandalias.
En su forma actual, la danza es mucho más que un simple espectáculo. Es una compleja representación teatral que simboliza el encuentro entre españoles y aztecas.
Los danzantes se dividen en dos grupos de nueve personajes cada uno. Un grupo representa a los españoles y el otro a los aztecas. El grupo español incluye figuras como Hernán Cortés, Pedro de Alvarado, pajes y soldados. El grupo azteca está encabezado por el emperador Moctezuma, acompañado de teotiles (sacerdotes), capitanes y reyes.
“La danza comienza con la presentación de los danzantes,” explica compositor Alberto Zapata Salazar. “Los movimientos de Moctezuma son particularmente significativos. Sus giros representan la rotación de la Tierra, mientras que el tocado de plumas alude al universo y al sol, evocando a las deidades prehispánicas.”
Este simbolismo se refleja en la música. La pieza “Registro”, que da inicio a la danza, presenta un motivo musical ascendente que parece impulsar a los danzantes hacia arriba, como si intentaran alcanzar el cielo. En contraste, la “Marcha de Cortés” es más lenta y pesada, lo que sugiere la beligerancia de los conquistadores españoles.
Además de una reinterpretación de la Danza de la Pluma, o lo que podría considerarse la creación de la Danza de la Conquista, otros aspectos de las artes oaxaqueñas se transformaron durante este periodo. Las capillas musicales de las catedrales se convirtieron en centros de producción y difusión musical, tanto sacra como profana, y en el escenario de grandes celebraciones comunitarias. La Catedral de Oaxaca desempeñó un papel fundamental en este proceso.
“En Oaxaca, la capilla de la catedral tuvo una destacada presencia,” comenta Zapata. “Contó con músicos notables como Juan Matías, un músico zapoteco que fue nombrado director de capilla en 1665. Era inusual para la época que una persona indígena alcanzara este puesto.”
Hoy en día, el número de canciones que acompañan la Danza de la Pluma varía de una comunidad a otra, aunque generalmente la danza incluye entre catorce y dieciséis piezas musicales. Si bien se desconoce quién compuso la música original, los archivos de la Catedral de Oaxaca revelan la obra de compositores como Manuel de Zumaya, Gaspar Fernández y Juan Mathias de los Reyes, ofreciendo una visión fascinante de la vida musical colonial en Oaxaca. La obra que se conserva está impregnada de una rica fusión entre la sensibilidad indígena y la técnica europea.
“Es interesante observar”, añade Cruz Merlín, “que la mayoría de las partituras que interpretamos no tienen un autor conocido. Son piezas que se han transmitido de generación en generación. Sin embargo, conocemos tres danzas compuestas por Cipriano Pérez Serna, un músico de Zaachila.”
A medida que pasaban los siglos, la Danza de la Pluma evolucionó, incorporando nuevos elementos musicales y coreográficos. Cruz Merlín, maestro de música y el director del Centro de Formación Inicial en Música de Villa de Zaachila, ofrece una perspectiva sobre la música actual que acompaña la danza: “La música que hoy escuchamos en la Danza de la Pluma es una mezcla fascinante de géneros populares europeos del siglo XIX. Tenemos sones, valses, chotises, mazurcas, polcas, redobles y marchas, que reflejan influencias europeas.”
Hoy, las bandas que acompañan la danza incluyen saxofones, clarinetes, trompetas, bombardinos, trombones, tubas, flautas transversas, tambores y platillos, reminiscentes de las bandas militares francesas que estuvieron en México durante el siglo XIX.
Preservación actual de la sinfonía de la pluma
Hoy en día, la Danza de la Pluma es un elemento central en las celebraciones de la Guelaguetza, el festival cultural más importante de Oaxaca. Sin embargo, como señala Merlín, lo que se ve en la Guelaguetza es una versión simplificada.
“En Zaachila, durante nuestra fiesta patronal, la danza se representa durante tres días completos. Es una experiencia mucho más inmersiva y profunda que lo que se puede ver en la Guelaguetza.”
La preservación de esta tradición no está exenta de desafíos. Arturo Hernández, danzante de la comunidad de Teotitlán del Valle, comparte su perspectiva.
“Ser danzante de la pluma es un compromiso de vida. Requiere años de preparación física y espiritual. Cada vez que nos ponemos el penacho, no solo estamos bailando, estamos conectando con nuestros ancestros y nuestra historia.”
Hernández expresa preocupación por el futuro de la danza, “Cada vez menos jóvenes están interesados en aprender. Temen que interfiera con sus estudios o trabajos. Pero para nosotros, es fundamental mantener vivo este legado.”
Merlín sostiene que su preservación y rescate son posibles mediante la educación comunitaria. Gracias a la visión y dedicación de docentes y miembros de la comunidad como Merlín, y con el apoyo de la parroquia católica local de Zaachila, el Centro de Formación Musical Inicial (CFIM) abrió sus puertas en 2020. Esta organización sin fines de lucro se centra en la educación intergeneracional y promueve la transmisión del conocimiento musical y las prácticas tradicionales de Zaachila, incluyendo la música y la historia de la Danza de la Pluma.
La pedagogía del CFIM utiliza la música como base para el crecimiento personal y comunitario. El currículo también incorpora la lengua zapoteca, con el objetivo de fortalecer las prácticas culturales tradicionales y la identidad en Zaachila y sus comunidades aledañas. Los estudiantes asisten a clases, organizan talleres, participan en presentaciones y eventos locales, y colaboran con otras organizaciones musicales y culturales. A través del trabajo del CFIM, los estudiantes adquieren habilidades valiosas que van más allá de leer y tocar música, y mantienen viva su conexión con su herencia cultural.
La sinfonía de plumas que resuena en Oaxaca es mucho más que una simple melodía; es la voz de un pueblo que ha resistido y florecido a través de los siglos. Desde los ecos ancestrales de los teponaztlis y huehuetls hasta las vibrantes bandas contemporáneas, la música de la Danza de la Pluma ha evolucionado, pero nunca ha perdido su esencia. En cada nota de los sones, valses y marchas que hoy acompañan a los danzantes, podemos escuchar el latido de la historia oaxaqueña. Es un testimonio de resistencia cultural, una fusión armoniosa de lo indígena y lo europeo que desafía el paso del tiempo.
La Danza de la Pluma y su música nos recuerdan que la cultura es un organismo vivo, en constante evolución. Cada actuación, cada nota tocada, es un acto de preservación y renovación. Es un llamado a las nuevas generaciones para que mantengan viva esta tradición, para que sigan escribiendo nuevos capítulos en esta sinfonía centenaria.
Fernando Gumeta-Gómez es investigador de la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación de México, y trabaja en la Unidad Oaxaca del Centro Interdisciplinario de Investigación para el Desarrollo Integral Regional del Instituto Politécnico Nacional.
Mario Vázquez-Morillas es gestor cultural, educador, cantante e intérprete con experiencia en proyectos interdisciplinarios que conectan las artes, la educación y la comunidad. Es doctor en Artes Musicales por la Universidad Estatal de Arizona.
Alberto Zapata es compositor colombo-mexicano. Es licenciado en composición musical por la Universidad Nacional Autónoma de México.
Cruz Merlin Robles es licenciado en Interpretación Musical por la UABJO. Es ganador del Premio Universitario Macedonio Alcalá de Arreglo Musical y actualmente se desempeña como director académico y profesor en el Centro de Formación Inicial en Música en Zaachila.

