En los últimos veinte años, la santería, práctica espiritual cubana de origen yoruba, y su música, han experimentado un auge significativo en México. La Ciudad de México, que fue el vibrante centro del Imperio Azteca hasta su violenta conquista por los españoles a principios del siglo XVI, es ahora el epicentro de un fenómeno religioso en crecimiento.
Pese a que no hay cifras oficiales en el censo más reciente, Óscar Méndez, músico ritual profesional que desde hace más de treinta años pertenece a la comunidad santera mexicana, recuerda que en 1987 cuando comenzó a tocar, apenas se celebraba una ceremonia de tambor al mes con tres o cuatro santeros mexicanos iniciados. Óscar calcula que el número actual de iniciado en la ciudad asciende a un millón, y señala que en los últimos diez años “la religión ha crecido como la pólvora”.
En la santería, para alcanzar la iniciación plena es necesario presentarse a Añá, la deidad yoruba que reside en los tres tambores consagrados de doble parche, conocidos como batá o fundamento. Añá, a través de las ondas sonoras creadas por los músicos rituales, actúa como un portal mediante el cual los humanos pueden comunicarse con las deidades conocidas como Orishas.
El crecimiento de la comunidad de santeros en México ha generado una demanda sin precedentes de músicos rituales llamados omó Añá o hijos de Añá: hombres y jóvenes iniciados en un culto masculino heterosexual del tambor que sirven a la comunidad religiosa. Motivados por el amor a la música de los Orishas, su profundidad y complejidad, y también por la posibilidad de ganarse la vida cómodamente, muchos omó Añá han llegado en masa desde Cuba en los últimos veinte años; otros como Méndez, crecieron y se formaron en México.
Considerando lo anterior, en esta investigación me interesa explorar las siguientes preguntas: ¿Por qué México se ha convertido en un terreno tan fértil para esta expansión religiosa? ¿Qué motivó a un político prominente a facilitar la llegada de los tambores sagrados a México? ¿Cómo es la vida hoy para los músicos rituales profesionales que trabajan en la Ciudad de México? Y, finalmente, ¿por qué algunas personas asocian la Santería con la criminalidad en México?
Entrando en el paisaje sonoro ritual de México
Mi interés por la tradición del batá en México comenzó en 2015, luego de escuchar las historias de dos amigos que trabajaban como tamboreros rituales profesionales: Antoine Miniconi de Francia, y Dionisio Alzaga Cortés de México. En sus historias, Ambos describían una comunidad religiosa musical vibrante y en crecimiento, que además les ofrecía trabajo abundante. De modo que, en enero de 2025, viajé a México con mi pareja, David Pattman ―omo Añá británico―, para alojarnos con Miniconi y su familia. Allí tuvimos el privilegio de conocer a algunas figuras históricas de la comunidad musical de la santería mexicana, participar en ceremonias y obtener una visión poco común de la cultura de la santería mexicana.
El primer día en Ciudad de México nos dirigimos rumbo a nuestro primer tambor de fundamento: un ritual musical con tambores batá consagrados. Fuimos invitados por el reconocido tamborero cubano “Piri” Manley López, quien en mi opinión pertenece a la realeza del batá. Piri se trasladó a la capital mexicana en 2013 y aparecía en muchas de las grabaciones que escuché obsesivamente cuando comencé a aprender sobre este tipo de música. Ese día, él nos recibió como si fuésemos viejos amigos y nos abrió la puerta al mundo del batá sagrado en México.
Fue un día hermoso. En el estacionamiento, frente a una fila de casas modestas, se había levantado una gran carpa. Enseguida nos invitaron a una habitación pequeña para presenciar el oru seco, un recital ritual solo de tambores, ante un altar dedicado a la Orisha Oyá. La ejecución del ritual fue virtuosa y en ciertos momentos explosiva, con Nereo Herrera en el iyá o tambor mayor, Piri en el itótele o tambor intermedio, y “Astor” Alfonso Toro en el okónkolo o tambor más pequeño.
El propósito de este tambor era “presentar” ante Añá a siete iyawós, que son los devotos recién iniciados, de modo que este ritual musical sería una parte crucial de su proceso de iniciación. La voz de Vitia Valdés liderando los cantos responsoriales cortaba el aire. Y, acompañado por los tambores, interpretó el oru cantado: un recital con canciones y alabanzas. El ambiente era festivo, la congregación respondía con fuerza y danzaba, su energía viva, era antigua y a la vez atemporal.
Cuando entramos en la parte central de la ceremonia, “Martincito” Martín Silva, un babalawo o sacerdote de Ifá, tamborero y dueño del fundamento, me invitó a cantar una secuencia. Casi se me sale el corazón, cantar frente a Piri era un gran honor para mí y no podía rechazar el ofrecimiento. Me llené de valor y canté para la Orisha homenajeada ese día, canté para Oyá. Apenas terminé la primera frase mis nervios se disiparon. Eterna y hermosa, la canción y los ritmos me impulsaron.
Magistralmente dirigidos por Valdés y los tamboreros, el ritual del tambor avanzaba aumentando en energía e intensidad. Luego, uno a uno y vestidos con las ropas y colores de sus Orishas, los iyawós fueron presentados a Añá. El apoyo de la congregación se podía sentir en las voces, las palmas y los cuerpos moviéndose al unísono, mientras el tambor alcanzaba su clímax. Todo terminó luego de una breve ceremonia de cierre, pero la gente permaneció bajo la carpa, conversando como si hubiéramos asistido a un baile común.
Espíritus trasladables: la adaptabilidad de la Santería en México
Según la antropóloga Nahayeilli B. Juárez Huet, la Santería florece en México gracias a la intersección de la cultura, la política, la economía, las tecnologías de comunicación, la migración y el turismo. El interés por la Santería surgió en México en las décadas de 1940 y 1950 a través de la música, el cine y el teatro, aunque en muchas ocasiones relacionado con estereotipos racistas. Motivo por el cual su práctica se mantuvo en gran medida clandestina, pues era considerada como “brujería” tanto en Cuba como en México.
Los primeros practicantes de Santería en México fueron artistas cubanos que emigraron durante ese periodo. Y la participación de mexicanos en rituales de santería antes de los años noventa estaba limitada a los estratos medios o altos con vínculos entre Estados Unidos y Cuba. Sin embargo, con el crecimiento del número de practicantes en los últimos veinticinco años, ha ocurrido un cambio demográfico significativo, a tal punto que hoy en día el culto a los Orishas se concentra en comunidades más pobres en las afueras de la capital mexicana.
La Santería es una práctica espiritual importada que no está enraizada en la población afromexicana, la cual representa solo el 1,16 por ciento de la población nacional. Juárez explica que su adaptabilidad con “prácticas y símbolos trasladables”, ha permitido que prospere en México.
López lo resume con más sencillez de la siguiente manera: “Los mexicanos son creyentes”.
Las tradiciones indígenas precolombinas, el catolicismo, las espiritualidades afrocubanas como la Santería y el Palo Monte, y la Santa Muerte, un nuevo movimiento religioso centrado en la santa popular mexicana de la muerte, son sistemas espirituales que pueden sincretizarse y coexistir sin competir entre sí. No es raro que un creyente practique elementos de todas estas tradiciones sin sentir que compromete su fe.
En mi primera visita a la hermosa Plaza de la Constitución en el centro de la Ciudad de México, observé una fila de personas esperando a ser “limpiadas” por indígenas con atuendos tradicionales que usaban humo, hierbas y cánticos, en un ritual muy parecido la limpieza espiritual realizada por los santeros.
Durante la última década, factores como la creciente afluencia de cubanos y la consecuente llegada de su cultura a México, han estimulado la expansión de la Santería. Para ofrecer un poco de contexto, en 2018, 492 cubanos se presentaron ante las autoridades migratorias, mientras en 2023, la cifra había ascendido a 26.832. No obstante, esta es solo una parte de la historia, hay otros elementos fundamentales para entender la llegada de la santería a México como se explica a continuación. En 1985, Lázaro Cárdenas Batel quien es el actual jefe de gabinete de México, ayudó a traer el primer tambor de fundamento al país, dándole voz por primera vez a Añá en México.
Cárdenas y el nacimiento de Añá en México
Mucho antes de tener la oportunidad de hablar directamente con Cárdenas, ya había escuchado de él a través de varios tamboreros. Todos lo mencionaban con respeto por su conocimiento, su talento como tamborero y cantante, y por el papel crucial que desempeñó en el surgimiento de la tradición del batá en México.
Cárdenas proviene de una destacada familia política: su abuelo, el presidente Lázaro Cárdenas del Río (1934–1940), es uno de los líderes más venerados de México. Estudió percusión en el Instituto Superior de Arte en Cuba, donde conoció a su esposa, Mayra Coffingy. Tras graduarse en 1983, regresó a México para estudiar etnohistoria, obteniendo su título en 1987. Posteriormente, inició su carrera política siguiendo los pasos de su padre, Cuauhtémoc Cárdenas, y llegó a ser gobernador de Michoacán en 2002. En 2024, fue nombrado jefe de la Oficina de la Presidencia por la presidenta electa Claudia Sheinbaum.
Con una prolongada pasión por la cultura cubana, conexiones con la élite tamborera de la isla, su iniciación en la hermandad de Añá, su apoyo tras bambalinas a la educación religiosa musical, y el respaldo de su posición social y política, Cárdenas estaba en condiciones únicas para llevar a Añá a México.
En 1984, Cárdenas escuchó que la Danza Nacional de Cuba planeaba una gira por México, una compañía en la que participaba su futura esposa, Mayra Coffingy, junto con un grupo de tamboreros de élite, entre ellos, su mentor Ángel Bolaños y el legendario maestro de batá Jesús Pérez. Cárdenas solicitó en nombre de varios iyawós mexicanos que esperaban su iniciación, que Pérez trajera su conjunto de fundamento a México para tocar en un ritual de tambor. Pérez aceptó, y ese año los batá de fundamento se tocaron por primera vez en México.
Pérez, también conocido como obá ilú o el rey del tambor, es un referente en el mundo del batá, y era reconocido no solo por su ejecución musical, sino también por su papel en la defensa de la cultura afrocubana a través de la pedagogía y la representación artística. Cincuenta años antes de tocar Añá en México, presentó una de las primeras exhibiciones artísticas de batá en Cuba con aberikulá ―batá no consagrados―, durante la conferencia inaugural de Fernando Ortiz sobre cultura afrocubana en 1936. Aquella presentación buscaba que el público blanco cubano aprendiera, apreciara y dejara de temer a la religión negra cubana. Ese evento tuvo un impacto duradero en la difusión internacional del batá cubano, haciendo que sus ritmos y su significado espiritual se replican en todo el mundo.
El primer tambor de fundamento en México se llevó a cabo en la casa de Margarita de la O, santera cubana hija de Yemayá. Los tamboreros fueron quienes en ese momento estaban de gira con Danza Nacional de Cuba: Pérez, Bolaños, Regino Jiménez, Armando Aballí, Orestes Berríos, Cárdenas y Gabino Fellove.
Otro elemento crucial en el desarrollo de la tradición del batá en México fue un programa educativo sobre música y danza afrocubana, que Cárdenas ayudó a establecer entre 1987 y 1988. El programa desarrolló talleres durante tres o cuatro años consecutivos en universidades y centros culturales de Ciudad de México, Jalapa y Tijuana, nutriendo directamente el entorno religioso de la sociedad mexicana.
Durante este período, las tensas relaciones entre Cuba y Estados Unidos dificultaron que ciudadanos norteamericanos viajaran a la isla, de manera que México se convirtió en un lugar de intercambio cultural, religioso y musical. Los cubanos compartían sus saberes, mientras interlocutores de México y otros lugares corrían la voz, incrementando el interés en la religión y su música.
La siguiente etapa importante ocurrió a inicios de los años noventa, cuando dos conjuntos de Añá fueron traídos a México para quedarse. Uno, según Méndez, pertenecía a Luis Valdez, aunque no pude hallar mucha información sobre el origen de esos tambores ni la fecha exacta de su llegada. El segundo fue traído desde Cuba por Cárdenas en 1995, el mismo año en que se convirtió en omó Añá.
A diferencia del conjunto de fundamento de Valdez, los tambores de Cárdenas no se tocaron en la comunidad religiosa. Me intrigaba saber si esto tenía algo que ver con la carrera política de Cárdenas, sobre todo teniendo en cuenta la mala fama que tenía la santería por su vinculo con el mundo criminal de México.
“Todavía hay mucho prejuicio por la falta de un conocimiento profundo sobre el origen de la cultura y la raíz de todo esto” me explicó Cárdenas. En muchos lugares la santería se ve como magia, superstición o prácticas de brujería […] Yo me acerqué a esto por un interés cultural, por la música y porque también estudiaba antropología; no llegué por la religión, por decirlo de alguna manera”.
Añá en el México actual
A pesar de los inicios favorables de Añá en México, Méndez, López, Cisneros y Miniconi reconocen que hasta hace poco el conocimiento musical ritual era limitado y un tanto improvisado. Solo en los últimos quince años, gracias a la influencia de tamboreros cubanos que residen en México y han compartido sus conocimientos, la tradición del batá y Añá ha madurado, convirtiéndose en una práctica musical y ritual con vida propia. Como dice López: “Si mañana todos los cubanos se fueran de México, la religión seguiría sin ellos”.
Cárdenas aclara: “México ha tenido la fortuna de gozar permanentemente de la presencia y los aportes de grandes omó Añá cubanos como: Piri, Yumey, Alexis, Vladimir, Lekiam, Alexander y Damiani, entro otros. Se puede decir que, con todos ellos, además de los omó Añá de la Danza Nacional y del Conjunto Folklórico Nacional, México ha recibido lo mejor de Cuba. Y esto ha permitido construir una comunidad de tamboreros de batá en México tan fuerte y sólida como las que existen en Nueva York o Miami”.
Dos hermanos, conocidos como Los Niños, fueron mencionados repetidamente como figuras claves en la génesis de la tradición batá en México durante mi investigación. Óscar Méndez tenía seis años cuando él y su hermano mayor, Paolo, ganaron sus primeros pesos tocando en un tambor de fundamento, lo que posiblemente los convierte en los mexicanos más jóvenes en haber tocado batá en esa época. Se formaron con su tío, Juan Jiménez, quien según Cárdenas, fue uno de los estudiantes mexicanos que asistió a los cursos de batá impartidos por los cubanos a finales de los años ochenta y principios de los noventa. De aquellos humildes comienzos, Los Niños llegaron a presidir un verdadero imperio de batá; ellos pueden tener hasta seis juegos de Añá tocando simultáneamente en distintos lugares y realizan un promedio de quince ceremonias por semana.
“Ahora mismo, en México, uno puede vivir del tambor”, aclara Méndez. “Y puedes ganar mucho más que alguien con título universitario.” Sin embargo, añade: “Se ha perdido mucha profundidad. Muchos dicen que esto es solo una moda, un negocio, un estilo de vida. Pero antes no era así. Antes había muchas reglas y mucho respeto”.
López explica que, si no tiene familia y comparte vivienda alquilada, un tamborero de batá profesional puede ganarse la vida tocando en apenas dos o tres ceremonias por semana. En Cuba no ocurre lo mismo: la crisis económica ha provocado una fuga de talentos, pues muchos tamboreros cubanos se han trasladado a México. Como resultado, según López, hoy hay cientos de tamboreros rituales juramentados ganándose la vida en ceremonias por toda la Ciudad de México, el doble de los que había cuando él llegó hace trece años.
Tocando por poder: tambor de fundamento y el bajo mundo mexicano
Aunque la mayoría de los rituales de Santería han sido copiados de la práctica cubana y trasladados al contexto socio-religioso mexicano, existen excepciones. Un ejemplo es la manera única en que la Santería se interpreta y expresa a través de su integración con influencias espirituales indígenas mexicanas y modernas, como la Santa Muerte. Otro ejemplo más extremo, es la forma en que ha sido adoptada por el bajo mundo criminal mexicano en busca de poder y protección.
Históricamente ha habido una avalancha de cobertura mediática que equipara la santería con el narcotráfico. El caso más infame ocurrió en 1989, cuando las autoridades mexicanas descubrieron evidencia de sacrificios humanos en rituales al servicio del narcotráfico, en una hacienda cerca de la frontera con Estados Unidos. Adolfo de Jesús Constanzo, narcotraficante cubanoamericano y practicante del Palo Santo, fue asesinado durante el operativo policial, y varios de sus seguidores fueron juzgados y condenados por este hecho. No hay evidencia creíble de que Constanzo fuera un practicante formal de santería, pero en el imaginario popular mexicano, la santería quedó asociada con este suceso.
Y aunque no todo lo que brilla es oro, hay reportes de que la santería se utiliza como forma de protección para quienes están involucrados o relacionados con el crimen violento. Por ejemplo, Méndez recuerda haber tocado en una ceremonia donde el supuesto iyawó estaba secuestrado. Al día siguiente, Méndez se enteró de que todos en la ceremonia habían sido arrestados. En otra ocasión, le apuntaron directamente con un arma y su carro fue destrozado después de que el padrino que dirigía el tambor se disgustara con dos de sus amigos.
Tuvimos que ir a otros estados en México en donde manejamos por carreteras llenas de gente armada”, relató. “Luego nos pusieron una capucha negra. Súper loco. Como algo sacado de una serie de Netflix. ¡Pero con tambores!”
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La historia de Añá en México es una historia de migración, resiliencia, adaptación y contradicción. Lo que comenzó como un trasplante cultural-religioso se ha transformado en una fuerza musical y espiritual poderosa, moldeada por los aportes de tamboreros cubanos y mexicanos, practicantes devotos y figuras influyentes. A través de sus voces, escuchamos a Añá resonar en todo el paisaje religioso del país, preservando y, al mismo tiempo, transformando las tradiciones afrocubanas, mientras se entretejen con realidades locales espirituales, culturales y económicas. De esta manera, se ha impulsado el rápido auge de la Santería en México en los últimos años. Si bien las historias de explotación criminal han amenazado con manchar su imagen, estas coexisten con una verdad más profunda y duradera: una de devoción, excelencia artística y comunidad.
Vicky Jassey es música, académica y educadora especializada en música y cultura afrocubana. Tiene un doctorado en etnomusicología de la Universidad de Cardiff y una maestría en interpretación de la Escuela de Estudios Orientales y Africanos de la Universidad de Londres. Es la fundadora y la directora artística de la organización Bombo Productions, y ha apoyado la música afrocubana en el Reino Unido desde 2007.
Una versión ampliada de este artículo está publicada en inglés y español en el sitio web de Bombo Productions.
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